miércoles

Por Mario A. Carrillo R.- Valenzuela

Los ojos estrambóticos, la piel curtida y morena, el bigote de pez gato, pero, sobre todo, su manera de caminar de “hombre importante” lo hacen fácilmente reconocible. Lo llaman “el diputado” ya que cuando pide limosna no duda en promocionar sus aspiraciones políticas. Su rutina diaria consiste en pedir “varo” a los abogados, jueces y tanto caminante se encuentre por los alrededores del magisterio público de 8am a 12pm. Primer round fructífero del que ha llegado a sacar hasta 500 pesos a sus “cuatachos”, como él llama a las personas que le dan dinero. El diputado sobresale entre los vagabundos comunes por la simple y extraña razón de que viste ropa elegante, pulcra y planchada además de ir siempre bien peinado, dándole realmente el aspecto de un político, guardando las proporciones pues los políticos suelen apestar.

Siguiendo con una ruta trazada e invariable, el diputado recorre varias calles del centro histórico proponiéndoles matrimonio a las muchachas guapas que tienen la suerte de toparse con él. Algunas lo esquivan airadas o asustadas, aunque otras para seguirle la corriente aceptan de buen agrado la oferta. Decirle “sí” al diputado significa acceder a una serie de compromisos, los cuales consisten en dejarse apapachar, agarrarse de las manos y proveerle de varias monedas. El marido, una vez concretado el rito, no pierde el tiempo en buscarse otra novia que esté dispuesta a darle su amor –y su dinero- pues para él no hay infidelidades, tiene corazón de condominio.

No todo es felicidad en la vida de El diputado, en algunas ocasiones se ve en situaciones de riesgo por las que se ve forzado a usar la violencia. “Soy karateka cinta negra, chavo, más te vale no meterte conmigo” me respondió una vez cuando le pregunté acerca de sus famosos conocimientos en artes marciales. “¡Kiyá!”, “¡waa!”, “¡páo!” son los gritos de guerra que El diputado utiliza cuando asesta golpes y patadas voladoras al aire con la intención de que el enemigo ocasional reconsidere la decisión de pelear contra él.

Muchas veces, cuando el estómago aprieta y las monedas escasean, oferta a la gente instruirle en los saberes del movimiento rítmico o predicar su doctrina. Es conocido entre los estudiantes de la preparatoria Modelo, siguiente estación de su peculiar viacrucis, su oficio de bailarín y su vocación de filósofo urbano. El diputado procura llamar la atención de los jóvenes, reunirlos en grupo y hacer gala de sus vertiginosos pasos y gestos o sorprenderlos con alguna verdad sobre la vida, de esta manera, logra juntar la cantidad suficiente de monedas para comprar un helado de mamey.

Las tres de la tarde y los preparatorianos se han ido a sus casas, las muchachas ahora se encuentran en el café nice de la plaza con sus novios y los jueces levantan el tenedor con el pedazo de bisteck que se llevaran a la boca. Mientras, El diputado, termina su torta de “La Marielena” sentado en una banca de Paseo Montejo, descansando ya de su trabajo diario, tal vez pensando en nuevas propuestas para su campaña electoral que le ayuden a ganar la simpatía de los votantes. Termina de comer, se levanta, sacude de sus ropas y manos las migajas que pudieran habérsele regado encima y comienza a caminar, desvaneciéndose entre las calles de la ciudad, testigos de sus hazañas.

lunes

Cántiga falsa de vero amor

Jósé Díaz Cervera



Los mis ojos sin los tuyos
non dones de luz risçiven
nin los colores que escriven
los rayos del sol asuso.

Y desde el triste conducho
que me das cuando me miras,
me sostienen las mis iras
maguera de tanto ayuno.

Dime, Serrana alaroça:
¿Dó te guardaste la luz?
Abáxame desta cruz
do me clavaste, fermosa.

Mas non me abaxes por lazra
nin por olvido e despresçio;
non lástima te requiero
si non en rigor de adama.

Ya se me apesgan las ganas
e arresçido, en mal ventura,
sin destardança e messura,
sin solepnidates vanas,

me enclino ante los tus ojos
muy más que siervo doñón,
que te entriega esta canción
con de claveles manoxos.


I

Rasguñando entre tu miel,
como obstinado guerrero,
vengo viento de febrero:
silicón y cascabel.
Vengo a tatuarte en la piel
el sabor de mi sudario,
para dejar en tu ovario
mi voz de tequila y cieno,
mi sepulcro, mi veneno,
mi riñón, mi campanario.

II

Niebla soy, agua marina,
pez bogando en el espacio;
no enloquecido batracio
ni salmuera ni resina.
Tengo sangre en la retina
y en la migraña un flagelo,
que el bramido de tu hielo
me restriega en la tonsura,
hinchándome la ternura
desde la planta hasta el pelo.

III

Seco, largo, silencioso,
sima de mi llaga. Buitre.
Me sepulta en el salitre
de su paladar estuoso.
Seco, largo, sedicioso,
vértigo en sal y en tiniebla,
de serpientes se repuebla
este rencor en que extingo
la terquedad de un Domingo
que me raja y me despuebla.

IV

Arrastrado por tu luz,
batallo con mi reptiles;
toronjil de toronjiles:
punta de pezón en cruz.
Reviéntame en el testuz
de tus ingles la resina,
que montaraz te germina
una hiedra en espiral,
para enredarme en la cal
de tu ovulación canina.

V

En el erizo de un vello
mi beso, decapitado,
se consumió desangrado
por el vapor de un resuello.
Pon una daga en mi cuello,
pon sobre mis ojos cal,
degüéllame en el ritual
de tu vocación de bruja,
pero no alertes tu aguja
contra mi instinto animal.

Javier Marías piensa en la muerte

Joaquín Peón Iñiguez


He visto unos zapatos colgando de un cable de luz y de súbito me ha entrado la certeza de que me voy a morir, no en algún día lejano como me conviene pensar para no preocuparme -ni andar con precauciones excesivas o encontrar un sentido de urgencia por experimentarlo todo o al menos por aprender a querer más, mejor-, sino en cualquier momento, pronto, de la forma más vulgar, sin siquiera tener tiempo de pensar que me muero, es decir, de que al cabo de un rato me olvidarán. Sí, claro, podré habitar en otros, pero no seré yo, sino lo que ellos quieran recordar de mí y esos yos acaso tendrán otras vidas, mejores tal vez que la que yo he llevado. Morarán otros tiempos posibles, existirán sólo en el recuerdo que un amigo guardará de una noche de copas o un primo de una travesura infantil, no habría continuidad lo que ha de ser un gran alivio. Si todos esos yos discontinuados se encontraran en una misma fiesta posiblemente no se reconocerían, ni siquiera sentirían curiosidad por el otro, lo cual me alegra un poco más de lo que me entristece.


Se entiende la muerte como una ausencia, para algunos será seguir durmiendo en el lado derecho de una cama matrimonial a pesar de que se quedaron solos, para otros será una partida de ajedrez inconclusa porque el anciano con el que jugaban las tardes de domingo le dio un paro al corazón, pero para mí es presencia, lo que es decir, origen. La gente se imagina que se va a morir todo el tiempo, pero raras veces ocurre, un hombre se sube al automóvil rosado de una pelirroja que acaba de conocer, ella maneja a toda velocidad a través de un bosque oscuro y él se imagina a sí mismo en el asfalto, con pedazos del parabrisas incrustados en la piel, pero nada ocurre, llegan a su departamento, toman un trago, se acuestan, quizás estén muy solos e inclusive se quieran un rato, pero para eso, claro está, tendrían que estar vivos. A menos que la evocación de un muerto, como lo serían mis yos discontinuados, pueda amar a través del recuerdo del que los guarda. Es improbable.


Pienso que esos zapatos podrían ser una anunciación e inclusive, no está de más suponer que los míos también terminarán colgando de otro cable y alguien más los verá y también pensará que se va a morir. Uno procura vivir bien para morir mejor. Procurar, del latín enitor,eris,i,enisus sum, me parece, aunque podría ser del prefijo pro, adelante o en lugar de, y el lexema cur, luego cura, o sea cuidar, a la postre curar. La existencia no es otra cosa sino un esfuerzo de curación. La escritura procura serlo. Esos zapatos, me pregunto si queda algo de su dueño en ellos, si por ejemplo sus pies los moldearon de tal forma que usándolos caminaría como él. No sé qué ocurrirá con mis pertenencias, no he escrito un testamento porque me parece una forma de invocar a la flaca como le llaman en algunos países latinoamericanos, tampoco sé cuanto habré dejado yo en mis objetos o ellos en mí, seguramente la mayoría son inmutables, serían iguales con cualquier dueño, pero mis sábanas, por decir algo, deben de oler un poco a viejo y un poco a alcohol y un poco a todas las mujeres que me han acompañado, si se las heredara a alguna de ellas, sería como ponerle casa a uno de mis yos descontinuados, por más que las lavaran no se les quitaría el olor. Gracias a mi madre que se inventaba todos los días fugas de gas e incendios cercanos, aprendí que el olfato es el más creativo de los sentidos.


Es extraño como los lugares donde se muere la gente cobran valor sólo si tienen la cualidad de lo anecdótico, como Ibarguengoitia que falleció en un avión o Martí en el campo de batalla, en cambio si ahora me da un infarto, no habrá mucho que decir, las circunstancias tampoco serían extraordinarias, un duelo como en el viejo oeste, ni siquiera asesinado por el esposo de una amante. Aunque claro, también es trascendental la forma en que se cuenta, la vocación narrativa del testigo, así como alguno pudiera decir que me caí muerto y ya, no faltaría un joven que dijera que mi cuerpo al caer cortó la niebla de la madrugada como los faros de un tren, otro notaría que cargaba una libreta con apuntes sobre los bares de Madrid y dos libros, una traducción italiana de Macbeth y Tala de Bernhard sin embargo, no los abriría antes de morir, cosa extraña en un lector empedernido.

He escrito algunas novelas, artículos, ensayos, posiblemente alguien en muchos años los leerá, quizás ocurra una especie de hechizo y pueda habitar este mundo a través de mis lectores o en el peor de los casos contagie a un escritor. Quisiera pensar que la literatura es más útil para sobrevivir que los zapatos para caminar. Que poética tan inmensa la de un libro colgando de un cable de luz.


joaquinconacento@gmail.com

martes

Veinticinco. Modelo para recordar


Estimado Julio Cortázar:


Estas son las palabras de un admirador que ha llegado tarde a tu encuentro, que al doblar la página de febrero se ha encontrado con tu vigésimo quinto aniversario luctuoso y no quiere perder la oportunidad para descorchar un silencio y gritar, como lo haría “el pesrseguidor” Charly Parker: “esto ya lo toqué mañana”.

Cierto, tienes ya muchos años yaciendo, en el “sueño de los justos”, como se dice, pero tus papeles continúan su labor fecunda: en mis pocos años impartiendo la materia de literatura, no he dejado de hacer leer tus cuentos ni tus novelas, y no pocos adolescentes han sido ganados para bien del mundo. A ellos, como a mí, los conquista la posibilidad de que un mundo fantástico irrumpa en lo cotidiano, en lo soso, y que desordene la continua vigilancia de la razón: ¡no se besen en la escuela (ni en el callejón del beso)! ¡tu falda está muy corta! ¡si te tatúas, no podrás trabajar! Y luego llega el maestro de literatura con unas fotocopias del cuento “Axolotl”, y chicos y chicas se dan cuenta que mediante las palabras uno puede convertirse en un animal a punto de extinción, o quizá el cuento sea “Queremos tanto a Glenda” y los clubes de fans brinden la posibilidad de entrometerse en una cultura pop vacía de sentido y repleta de individuos: ¡Madonna, no podemos permitir que grabes otro disco tan malo como éste!

…Y, de repente, mientras el lector se inmiscuye en la trama de una novela policíaca, el criminal, por la espalda, le da un balazo: así podría sintetizarse –con total falta de gracia de mi parte, hay que decirlo-- el cuento “Continuidad de los parques”, uno de los favoritos entre los devotos de tu narrativa. Éste cuento puede explicar, en un punto, la fascinación que ejerces entre los jóvenes: la empatía, la cual es, en opinión de Alfonso Reyes, el más noble objetivo del lector. Los adolescentes de hoy, como los adultos jóvenes y mayores, convivimos solitariamente; pero tú nos abres una posibilidad al enamoramiento para encontrar un “alma gemela” en el embotellamiento de una carretera.

Tenías el swing, Julio, como se dice en el jazz que tanto disfrutaste. Tenías el swing y lo sonabas en cada frase con la armonía justa: texto, tacto y sensualidad se complementaban con total impudicia: “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano”. Yo también he besado con el Capítulo 7 de Rayuela y con su Tablero de dirección, ya que es una delicia ir del 68 al 9 y al 104.

No me olvido, Julio, de esas obras maestras del humor y del juego: Historias de cronopios y de famas y también Un tal Lucas. Ambos libros llenos de la sabiduría que proporciona reír de la realidad y de sí mismo, escapar del “pragmatismo y la horrible persecución de fines útiles”. Libros que no dejan bien parados ni los prejuicios, ni los abusos, ni la solemnidad, mucho menos el grave tono con el cual el lector se refiere a sí mismo, pues resultará inevitablemente un cronopio o un fama o, todavía peor, descubrirse una entidad híbrida.

No puedo decir que te extraño, Julio, pese al desconsuelo de saber que tu literatura “ya” está escrita; en parte porque nunca estreché tu mano ni me ofreciste un Gallois (los cigarros que te ayudaron a conocer París), mucho menos tu amistad; en parte porque procuro tener tus libros a la mano. Pero sobre todo porque futuro puede escribirse con las mismas letras que tu nombre, y también con toda tu ironía. Como Charly Parker, tu personaje, yo también estoy persiguiendo lo que inevitablemente ha llegado: la relectura de tus páginas.

viernes

Al final de la playa


Abandonó su aldea durante el nacimiento de un ocaso un raro día de un incierto verano. Dejó tras de sí, en la imprecisión de la arena, un sendero de amargas pisadas que se extraviaron entre el mutismo de los restos de un naufragio y el desnudo capricho de la espuma. Nadie más la volvió a ver.

En el pueblo, algunos afirmaron haber hallado entre sus pertenencias los fragmentos de un amor no correspondido ocultos en la intimidad de un baúl; un viejo pescador dijo más tarde haber encontrado su mirada en el espiral de un laberinto, y alguien más aseguró que su voz fue vista meciéndose tranquila entre el murmullo de las palmas, durante el último suspiro de un amanecer. Sólo habladurías. Lo cierto fue que ella caminó hasta el término de la playa donde un faro la refugio entre el aliento de la bahía y la sombra de las gaviotas. Después, sus recuerdos partieron en un bote al abrigo de la madrugada, permaneciendo únicamente el resabio de una herida ahogada en el silencio.

Con el beso de la indiferencia en la fragilidad de los párpados y una enigmática sonrisa, su cuerpo cayó hasta convertirse en la sombra de la sal.

Terminaba el verano.

lunes

Un trago de ron japonés

Por José Díaz Cervera




Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones
eran la pobreza y la lluvia...

Antonio Gamoneda



SUITE DE LOS PAYASOS

Para Jorge Cortés Ancona,
desde la desolación del Polo Sur.



Un hombre nace en el Bertold Brecht de su camisa.
Han golpeado su puerta los ojos de los niños
y la ansiedad.

Otro hombre se reinventa en la textura de sus alas húmedas
mientras prospera una flor en sus chancletas.

En ambos el agua se enmascara,
en ambos se tejen los pormenores de la luz
para desentrañar la geología de una sonrisa.

Si yo hubiera aprendido a pintarme la existencia,
si hubiera yo tenido un Bertold Brecht en mi cajón,
este trago de ron japonés hubiera sido apenas como una rosa malparida.

Pero la patria de la ebriedad es inasible,
Jorge,
casi como una fotografía a contraluz;

este país pequeño nos prometió fugacidad,
nos regaló muchas páginas en blanco
y algunos garabatos.

También orinó en nuestros calcetines.

Por eso yo amo a los payasos:
por su contribución a la teoría del horror,
por sus zapatos anchos y felices,
y por el Bertold Brecht que nos redime de la usura,
Jorge,
de habitar en este rudo abecedario.




SUITE DE LOS BUENOS MODALES

Para que Rita Castro
domestique su ansiedad.


Hay que ponerse el corazón.

Hay que saber ahogarse con eficiencia doctoral
en cualquier vaso de agua evaporada
(es inútil intentarlo en tarros o en soperas,
y el protocolo no permite utilizar leche de alondras
ni espuma enardecida).

Lo importante,
sin embargo,
es aprender a ponerse el corazón.

Es cierto que hay que lavar los dientes y los párpados,
es vedad que es de mala educación
no arrancarle una oreja al sotavento
al pasar por la casa de una anciana virgen,
nadie en su sano juicio podría contemplar un plenilunio
sin una cruz de miel en el empeine.

Lo importante,
sin embargo,
es aprender a ponerse el corazón.

Sabemos que es signo de nobleza acomodar los ojos en los calcetines,
nadie se ofenderá si bajo de una almohada
hay una piña o un rinoceronte;

es un buen uso en observancia del decoro,
despertar con la halitosis de un cometa
cuando en lugar de sábanas se tienen cicatrices.

Lo importante,
sin embargo,
es aprender a ponerse el corazón
tal como hace la luz
con la blancura.




SUITE EN HALLUX VALGUS


Amada:
un pie es tan sólo un pie con sus seis dedos,
con su arco sindical,
con su micosis;
astrágalo más tarso y metatarso,
todo es pureza y liviandad,
empeine y uña,
callosidad y sueño.

Hay,
sin embargo,
pies que quieren pactar con su linaje
para salir desnudos a esconderse en la llovizna,
los hay que duermen en las escamas de los cisnes
y otros que son,
Amada,
indecisos batracios;
pero un pie es tan sólo un pie con sus seis dedos.

Yo sé que el mundo gira:
que el mar es sólo el mar
y es un cigarro,
que los geómetras han acaparado la nostalgia;
yo sé que mi dolor quisiera ser un manatí
o una bala en el páncreas de la luz;
con todo y eso,
Amada,
no comprendo a tus pies cuando en las tardes
se disfrazan con la nariz de Groucho Marx,
no comprendo su necedad de ser palomas con las alas abiertas.

No comprendo a tus pies,
pero los amo.





SUITE DE VENA POPULAR

Con Agustín, Tomás,
Iris y Tejada.


En la cantina de la esquina de tu casa,
bagazo a penas de tu amor,
estoy dejando mis mejores lágrimas.

Mala es la vida cantada en un ardor de sinfonolas;
malo es rumiar a solas un bolero
escurriendo el desprecio entre el tufo de un trago adulterado
o en el caldo mostrenco de los sueños
caminados con zapatos de media suela.

Pero desde los días, camisa sin botones,
donde el adiós dejara su pobreza,
sus pies sucios,
su gran televisor en blanco y negro
y el moco del rocío,
ya no sé qué decir
ni cómo entretener esta nostalgia
ni dónde anclar mi sal.

Desde que no te tengo me agusano
y voy a la cantina
de la esquina
de tu casa,
en solemne ebriedad,
a purgar de mis ojos el fastidio.





SUITE CON CHAVELA VARGAS


Ponme la mano aquí,
muchacha negra,
Macorina del viento, bruja blanca.

Te daré mi dolor y sus harinas,
te alquilaré la artritis de la luz
y esta inutilidad
y estas palomas.

Ponme la mano aquí,
mango del sueño
donde me crecen la extremaunción y la candela.

Si miras mis fragmentos,
te ocultarás en ellos.
Te hablarás por la cal y por mis poros
ya Macorina y pulpa,
ya silencio.

Ponme la mano aquí, pon tus cigarras:
tengo mujer y mar en el lenguaje,
tengo un olvido intacto con tu nombre
y tengo la combustión de ya olvidarte.

Estoy por lo feroz:
llevo un tufo en los ojos,
soy como un bar que nunca baja sus cortinas.
Me raja la pasión.

Ponme un suspiro aquí,
ponme tu rabia,
los piojos de tu sed, tus caracoles,
tu fonética sombra Macorina,
tu hegeliano paso de borracho.

Ya no me alcanza el corazón:
soy la neblina enamorada del cigarro que descansa en tu ombligo,
y abril es todavía más cruel cuando Chavela Vargas raspa el aire.

Ponme el riesgo en la tapa de los sesos.

Ponme la mano donde no me alcances.




diacervera@gmail.com

viernes

Apologética de la suegra

Fue quizá durante la invasión de Timur-Lenk a la Mongolia Occidental, que fue colocada la piedra de toque a partir de la cual se desarrolló el constructo cuya raíz más antigua podemos rastrear hacia los tiempos previos a la caída de Bizancio. Es, sin embargo, altamente probable que el sufí Nizami de Persia, haya sido quien puso por primera vez sobre su lengua las consonantes y vocales de lo que hoy en castellano conocemos como suegra.

La suegra entonces es una figuración de la pre-modernidad más temprana y primigenia. Su aparición está ligada a la necesidad de llenar los vacíos emocionales que dejara en el hombre el choque entre el paganismo aristotélico, la cultura cristiana y el misticismo estrafalario del Asia Menor. De hecho, en la poesía sufí podemos ver no sólo el génesis de una noción, sino el cuño ontológico que dio lugar, junto con el objeto, a toda una circunstancia relacional (cabe recordar que entre los árabes, el protocolo demanda que la suegra jamás se siente a la mesa con el yerno, para evitar que éste se vea seducido por los temibles efluvios con que la circunstancia del origen suele cegar la templanza de los hombres más cabales).

En la antigüedad, Quirófanes, denominado también “el Sombrío” y a quien se le atribuyen los primeros tratados sobre la cordura, enfatizó la importancia de otorgarle un nombre a esa mujer que cumplía con la cualidad de ser madre de alguno de los cónyuges. Investigaciones recientes esbozan la probabilidad de que en los diálogos perdidos de Platón se haya ventilado el asunto, ya que Dioscórides hace alguna referencia al respecto en su bien conocido Códice sobre la Ponzoña.

Como quiera que sea, la existencia de la suegra está ligada a la modernidad, y su probable desaparición podría coincidir con el salto histórico de la humanidad hacia una nueva etapa de su devenir. Ello nos obliga a reflexiones impostergables.

En el territorio de las aclaraciones, tan amadas por Ludwig Wittgenstein, debemos señalar que en toda suegra persiste hegelianamente una negación de la negación. La consecuencia final de no tener pareja supone también la carencia de una suegra en la cual reconocemos una entidad cargada de misterios y enemiga del pragmatismo más elemental. Gracias a la suegra nuestra inteligencia vive en una alerta constante a partir de la cual sanamos la ansiedad y la monotonía. En los papiros sagrados del Golfo de Bengala (siglo IX d. C.), se hace notar que una de las manifestaciones más certeras de la divina gracia es contar con la presencia de una suegra comprensiva y distante en nivel de suficiencia. Sabemos que Dios nos acompaña cuando tenemos una suegra competentemente cerca para apoyarnos cada vez que sea necesario y sobradamente lejos para no interferir en nuestras vidas.

Axiomáticamente, toda suegra es de naturaleza amable aunque celosa, esto explica su timidez primaria tanto como sus posteriores estados de melancolía vermífuga y aún sus furores episódicos. Algunos estudiosos han descubierto una especie de síndrome relacionado con las etapas ulteriores al desarrollo de la condición de suegritud, caracterizado básicamente por opilaciones gástricas e hipos convulsivos que sólo se manifiestan en las noches novilunares. Se han documentado también algunos casos de erupciones histéricas en la planta de los pies, entre algunas suegras que han desarrollado alergias al rocío.

Robin M., en sus investigaciones sobre psicología animal, ha descubierto en primates superiores algunas zonas cerebrales idénticas a las de los seres humanos, las cuales, sin embargo, permanecen en estado vegetativo. El científico, miembro del cuerpo colegiado del Instituto de Estudios Avanzados de la Guinea Nórdica, ha determinado que la urdimbre afectiva generada en la relación suegra-nuera o suegra-yerno, ha sido fundamental en el hombre para la activación de esa parte del cerebro donde se cree está alojada la conciencia moral.

A estas alturas tendríamos que esforzarnos para determinar qué fue primero: el resurgimiento del estoicismo entrópico o la aparición de la suegra, pues de ello depende en buena medida el futuro político del género humano. El asunto ocupa cada día más espacios en la reflexión filosófica y aún las estrategias contra el crimen organizado han emprendido su propia especulación, debido a los altos índices de siniestralidad que padecen quienes tienen la desdicha de no contar con una suegra.

Hay consenso entre los expertos en torno al hecho contundente de que en toda suegra hay un compendio de sabiduría empírica; ahí los usos benignos del ajo, tanto como la destreza para rebanar una cebolla sin sufrir la consecuente irritación de mucosas, se unen a los artilugios más extraños de los que las suegras son depositarias.

El espíritu barroco, propenso a la afectación emocional tanto como a los rictus sintácticos, hizo de la imagen de la suegra materia y honra de aterradoras alusiones, donde la mujer vieja, débil y enfermiza inspiraba temor por sus poderes mágicos (llamados malefitium por los jurisprudentes de la época), con los que se decía era capaz de provocar tempestades o disfunciones en la virilidad de los recién casados. Don Gonzalo Céspedes y Meneses, compositor de dulcísimas endechas de tono estridentista, en frases sensibles contenidas en su obra intitulada Desengaños del amor lascivo, alude con precisión meridiana el lugar que ocupaba la suegra en la cultura europea a principios del siglo XVII. Cito: “...bramaba el aire matizando del azul celestial las hondas pechugas, de las aguas anunciando la inminencia. Era astillarse el horizonte, del rayo en persistencia fulgurosa sobre tajadas peñas, hiriendo del rústico pastor, y las sus cabras, ojos y oídos. Confuso y temeroso, con del trueno los retumbos, el pastor escuchó abrirse de la tierra las entrañas en cavernosas partes, como si fuese la de su suegra ronca voz...” . No considero necesario, dada su elocuencia, agregar comentarios a la cita.

Por fortuna, el mercantilismo galopante que nos arranca días y días en la indigestión durante conmemoraciones y ceremonias inverosímiles (a las que acudimos fatal e imprudentemente), no ha tenido la ocurrencia de celebrar a las suegras; antes bien, la figura ha sido pasto de fieras y cómicos de la legua que, en ejercicio de frívolo motejo, perdieron el sextante, convirtiendo a la suegra en el lugar común donde convalecen inútilmente nuestras culpas sociales.

A fin de cuentas, nadie experimenta en suegra ajena y en ello se fundamenta una de las frases más luminosas que algún sacerdote al uso haya acuñado a lo largo de la historia, dejada para la posteridad en las paredes cantineras de un mingitorio veracruzano: “dichoso Dios, que no tuvo suegra”.

Una suegra, sin embargo, no es solamente el compendio de sus achaques más acendrados: fuera de sus cálculos abisales, de su esquizofrenia digestiva, de las verrugas que cuelgan de su pensamiento como condecoraciones y de sus ansias varicosas, el estado de suegritud es un estado de gracia al que sólo se llega a través de una ascesis indomable; entenderlo es la asignatura pendiente de la post-modernidad.


Publicado en Por esto!, el 14 de agosto de 2007