Los ojos estrambóticos, la piel curtida y morena, el bigote de pez gato, pero, sobre todo, su manera de caminar de “hombre importante” lo hacen fácilmente reconocible. Lo llaman “el diputado” ya que cuando pide limosna no duda en promocionar sus aspiraciones políticas. Su rutina diaria consiste en pedir “varo” a los abogados, jueces y tanto caminante se encuentre por los alrededores del magisterio público de 8am a 12pm. Primer round fructífero del que ha llegado a sacar hasta 500 pesos a sus “cuatachos”, como él llama a las personas que le dan dinero. El diputado sobresale entre los vagabundos comunes por la simple y extraña razón de que viste ropa elegante, pulcra y planchada además de ir siempre bien peinado, dándole realmente el aspecto de un político, guardando las proporciones pues los políticos suelen apestar.
Siguiendo con una ruta trazada e invariable, el diputado recorre varias calles del centro histórico proponiéndoles matrimonio a las muchachas guapas que tienen la suerte de toparse con él. Algunas lo esquivan airadas o asustadas, aunque otras para seguirle la corriente aceptan de buen agrado la oferta. Decirle “sí” al diputado significa acceder a una serie de compromisos, los cuales consisten en dejarse apapachar, agarrarse de las manos y proveerle de varias monedas. El marido, una vez concretado el rito, no pierde el tiempo en buscarse otra novia que esté dispuesta a darle su amor –y su dinero- pues para él no hay infidelidades, tiene corazón de condominio.
No todo es felicidad en la vida de El diputado, en algunas ocasiones se ve en situaciones de riesgo por las que se ve forzado a usar la violencia. “Soy karateka cinta negra, chavo, más te vale no meterte conmigo” me respondió una vez cuando le pregunté acerca de sus famosos conocimientos en artes marciales. “¡Kiyá!”, “¡waa!”, “¡páo!” son los gritos de guerra que El diputado utiliza cuando asesta golpes y patadas voladoras al aire con la intención de que el enemigo ocasional reconsidere la decisión de pelear contra él.
Muchas veces, cuando el estómago aprieta y las monedas escasean, oferta a la gente instruirle en los saberes del movimiento rítmico o predicar su doctrina. Es conocido entre los estudiantes de la preparatoria Modelo, siguiente estación de su peculiar viacrucis, su oficio de bailarín y su vocación de filósofo urbano. El diputado procura llamar la atención de los jóvenes, reunirlos en grupo y hacer gala de sus vertiginosos pasos y gestos o sorprenderlos con alguna verdad sobre la vida, de esta manera, logra juntar la cantidad suficiente de monedas para comprar un helado de mamey.
Las tres de la tarde y los preparatorianos se han ido a sus casas, las muchachas ahora se encuentran en el café nice de la plaza con sus novios y los jueces levantan el tenedor con el pedazo de bisteck que se llevaran a la boca. Mientras, El diputado, termina su torta de “La Marielena” sentado en una banca de Paseo Montejo, descansando ya de su trabajo diario, tal vez pensando en nuevas propuestas para su campaña electoral que le ayuden a ganar la simpatía de los votantes. Termina de comer, se levanta, sacude de sus ropas y manos las migajas que pudieran habérsele regado encima y comienza a caminar, desvaneciéndose entre las calles de la ciudad, testigos de sus hazañas.


