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martes

Veinticinco. Modelo para recordar


Estimado Julio Cortázar:


Estas son las palabras de un admirador que ha llegado tarde a tu encuentro, que al doblar la página de febrero se ha encontrado con tu vigésimo quinto aniversario luctuoso y no quiere perder la oportunidad para descorchar un silencio y gritar, como lo haría “el pesrseguidor” Charly Parker: “esto ya lo toqué mañana”.

Cierto, tienes ya muchos años yaciendo, en el “sueño de los justos”, como se dice, pero tus papeles continúan su labor fecunda: en mis pocos años impartiendo la materia de literatura, no he dejado de hacer leer tus cuentos ni tus novelas, y no pocos adolescentes han sido ganados para bien del mundo. A ellos, como a mí, los conquista la posibilidad de que un mundo fantástico irrumpa en lo cotidiano, en lo soso, y que desordene la continua vigilancia de la razón: ¡no se besen en la escuela (ni en el callejón del beso)! ¡tu falda está muy corta! ¡si te tatúas, no podrás trabajar! Y luego llega el maestro de literatura con unas fotocopias del cuento “Axolotl”, y chicos y chicas se dan cuenta que mediante las palabras uno puede convertirse en un animal a punto de extinción, o quizá el cuento sea “Queremos tanto a Glenda” y los clubes de fans brinden la posibilidad de entrometerse en una cultura pop vacía de sentido y repleta de individuos: ¡Madonna, no podemos permitir que grabes otro disco tan malo como éste!

…Y, de repente, mientras el lector se inmiscuye en la trama de una novela policíaca, el criminal, por la espalda, le da un balazo: así podría sintetizarse –con total falta de gracia de mi parte, hay que decirlo-- el cuento “Continuidad de los parques”, uno de los favoritos entre los devotos de tu narrativa. Éste cuento puede explicar, en un punto, la fascinación que ejerces entre los jóvenes: la empatía, la cual es, en opinión de Alfonso Reyes, el más noble objetivo del lector. Los adolescentes de hoy, como los adultos jóvenes y mayores, convivimos solitariamente; pero tú nos abres una posibilidad al enamoramiento para encontrar un “alma gemela” en el embotellamiento de una carretera.

Tenías el swing, Julio, como se dice en el jazz que tanto disfrutaste. Tenías el swing y lo sonabas en cada frase con la armonía justa: texto, tacto y sensualidad se complementaban con total impudicia: “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano”. Yo también he besado con el Capítulo 7 de Rayuela y con su Tablero de dirección, ya que es una delicia ir del 68 al 9 y al 104.

No me olvido, Julio, de esas obras maestras del humor y del juego: Historias de cronopios y de famas y también Un tal Lucas. Ambos libros llenos de la sabiduría que proporciona reír de la realidad y de sí mismo, escapar del “pragmatismo y la horrible persecución de fines útiles”. Libros que no dejan bien parados ni los prejuicios, ni los abusos, ni la solemnidad, mucho menos el grave tono con el cual el lector se refiere a sí mismo, pues resultará inevitablemente un cronopio o un fama o, todavía peor, descubrirse una entidad híbrida.

No puedo decir que te extraño, Julio, pese al desconsuelo de saber que tu literatura “ya” está escrita; en parte porque nunca estreché tu mano ni me ofreciste un Gallois (los cigarros que te ayudaron a conocer París), mucho menos tu amistad; en parte porque procuro tener tus libros a la mano. Pero sobre todo porque futuro puede escribirse con las mismas letras que tu nombre, y también con toda tu ironía. Como Charly Parker, tu personaje, yo también estoy persiguiendo lo que inevitablemente ha llegado: la relectura de tus páginas.

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